0 Antes de aprender a hablar, antes de entender el mundo, antes incluso de abrir los ojos con claridad, el ser humano recibe su primer mensaje de vida: un abrazo. Llegamos a este mundo envueltos en manos que nos sostienen, en brazos que nos dicen sin palabras que estamos a salvo, que somos esperados, que pertenecemos.Desde ese instante inaugural, el abrazo se convierte en nuestro primer lenguaje. No lo aprendemos: lo recordamos. Es memoria corporal, refugio instintivo, una forma primitiva y sagrada de comunicación que nos acompaña a lo largo de toda la vida. Cada abrazo posterior busca, de algún modo, reproducir aquel primero: el que calmó el llanto, el que reguló el miedo, el que nos enseñó que el contacto también es amor.A lo largo del camino, la vida nos va quitando abrazos y también nos los devuelve. Hay abrazos de bienvenida y abrazos de despedida. Abrazos que celebran, abrazos que sostienen, abrazos que contienen cuando las palabras fracasan. Algunos duran segundos; otros quedan para siempre, porque se alojan en la memoria emocional.En tiempos donde la prisa se impone y el contacto se vuelve escaso, el abrazo adquiere una dimensión aún más profunda. Es resistencia frente a la indiferencia. Es humanidad frente al aislamiento. Es una forma de decir estoy acá cuando todo parece desmoronarse. Un abrazo no soluciona la vida, pero la vuelve más habitable.La ciencia explica que el contacto humano reduce el estrés, calma el sistema nervioso y genera bienestar. Pero hay algo que no entra en ningún estudio: ese instante en que el corazón encuentra otro corazón y, por un momento, deja de defenderse. Allí ocurre algo esencial. Allí se repara.Hoy, en el Día Internacional del Abrazo, no se celebra solo un gesto. Se honra un origen. Se recuerda que todos fuimos sostenidos alguna vez y que, quizás, seguimos buscando ese mismo sostén en cada encuentro. Abrazar es reconocer nuestra vulnerabilidad compartida. Es admitir que necesitamos al otro para seguir.Que este día nos devuelva la conciencia del cuerpo, del tiempo y del vínculo. Que nos anime a abrazar más y mejor. Y que, cuando alguien nos abra los brazos, sepamos quedarnos un segundo más. A veces, ese segundo es la diferencia entre resistir y sanar.