“¿QUÉ TAL? ¿TODO BIEN?”

(Adolfo R. Gorosito, marzo 2026) – Sucede con mucha frecuencia. Se trata de una predisposición de muchas personas que utilizan lo más fácil del vocabulario para expresarse y decir lo que sienten. De todas maneras, esa costumbre no tiene nada de criticable ni degradante, aunque muchas veces queda expuesta como latiguillos sin destino.

Por ejemplo, ante circunstancias muy difíciles para ciertas personas, no falta quien llega desaprensivamente. Tal es el caso reciente de alguien sufriendo las consecuencias de un gran golpe emocional, y simplemente se le ocurre preguntar: “¿Qué tal? ¿Todo bien?”

Algo parecido relaté hace poco tiempo cuando, en medio de una gran inundación, un reportero llegó a la puerta de una casa donde el agua estaba a la altura de la cabeza del propietario y, sin embargo, apareció el latiguillo del cual hablamos: “¿Qué tal? ¿Todo bien?”, creando una situación anacrónica e irritable, dado que el dueño de la casa no supo qué responder.

Podríamos seguir citando casos precedentes y, en todos ellos, podríamos atribuirlos a la ignorancia o la falta de sensibilidad, porque consideramos que los reporteros profesionales no deberían incurrir en semejante desatino. De todas maneras, no es nuestra intención sentar cátedra ni señalar a nadie por sus errores, pero sí resulta importante que cada uno tome en cuenta tales falencias y considere oportuno retornar a lo natural y adecuado.