0 (Adolfo R. Golosito, marzo de 2026) – Hace exactamente 25 años, en abril de 2001, apareció en esta misma columna una nota titulada “Tibia celebración de Semana Santa”. Hoy vuelvo sobre ese mismo tema, quizá con otras palabras, pero con idéntico sentimiento. La Semana Santa transcurre, año tras año, con una creciente superficialidad dentro de ámbitos que deberían honrarla con mayor recogimiento.Resulta difícil no sorprenderse ante la manera en que se trivializa un momento tan sagrado, tan central para la fe de muchos. No hablo desde la teoría ni pretendo asumir el rol de maestro; hablo como alguien que observa, que participa y que siente desde siempre una profunda inquietud por este tiempo.La Semana Santa resume, en esencia, la vida de Cristo en la tierra. Pensamos en ello cuando necesitamos una ayuda, un consuelo, una guía. Sin embargo, olvidamos con rapidez ese compromiso interior cuando llegan los días que justamente nos invitan a recordarlo con mayor profundidad.Hoy, por ejemplo, en una semana que debería concentrar la expresión más genuina de la fe cristiana, todo parece reducirse a una fecha más en el calendario. Falta, muchas veces, esa dimensión íntima, esa manifestación del alma que le da verdadero sentido.Seguiré insistiendo sobre este tema, no por considerarme más religioso que otros, sino por una cuestión de coherencia. Si acudimos a Dios en los momentos de necesidad, también deberíamos hacerlo cuando corresponde honrarlo: desde la fe, desde la voluntad y desde el reconocimiento a quien dio su vida por nosotros.