El día que le robaron una oportunidad a la vida

Hay robos que no se miden en dinero.

Hay robos que no vacían una caja, ni una oficina, ni un depósito.

Hay robos que pueden vaciar el futuro de una familia.

Porque cuando alguien se lleva un desfibrilador de un hospital, no roba un aparato.

Puede estar robándole a una madre la posibilidad de volver a abrazar a su hijo. Puede estar robándole a un padre la oportunidad de regresar a casa. Puede estar robándole a un niño la posibilidad de seguir teniendo a sus abuelos. Puede estar robándole a alguien el próximo latido de su corazón.

Y eso duele de una manera imposible de describir.

En los últimos días, meses, horas, aunque aún desconozco cuándo ocurrió, el Hospital Municipal Anita Eliçagaray sufrió un hecho que conmociona y entristece a toda la comunidad. Alguien sustrajo equipamiento médico esencial para atender emergencias: desfibriladores y un tubo de oxígeno.

La denuncia fue realizada y la investigación avanza. Pero, más allá de encontrar al responsable, hay algo que resulta mucho más difícil de recuperar: la tranquilidad de saber que, cuando una vida dependa de esos equipos, estarán donde deben estar.

Porque un desfibrilador no espera.

No puede reemplazarse con una explicación.

No entiende de trámites, de denuncias ni de excusas.

Cuando un corazón deja de latir, cada segundo decide entre la vida y la muerte.

Y hoy, esos segundos tienen menos herramientas para ser enfrentados.

Es imposible no preguntarse qué pasa por la mente de una persona capaz de llevarse un elemento que existe únicamente para salvar vidas.

¿Qué valor económico puede justificar semejante acto?

¿Quién puede mirar ese aparato y no ver, detrás de él, el rostro de un hijo desesperado, de una esposa llorando, de unos padres rezando para que un médico logre un milagro?

Tal vez quien lo robó nunca imaginó que el próximo desfibrilador que falte podría ser el que necesite su propio padre.

Su madre.

Su hijo.

Su esposa.

Él mismo.

Porque las emergencias no eligen.

No preguntan nombres.

No distinguen ideologías, edades ni condiciones sociales.

Llegan cuando quieren.

Y cuando llegan, no hay tiempo para lamentarse por lo que alguien decidió llevarse.

Hay preguntas que estremecen.

¿Qué ocurrirá si mañana una ambulancia llega con una persona que sufrió un paro cardíaco y el equipo que debía devolverle el pulso ya no está?

¿Qué le dirá alguien a esa familia si esa ausencia termina costando una vida?

¿Cómo se explica que una persona haya tenido menos posibilidades de sobrevivir porque alguien creyó que un desfibrilador podía convertirse en dinero?

No existe respuesta que alcance.

Porque hay cosas que simplemente no deberían suceder.

Y quien compre un equipo de estas características también tiene una enorme responsabilidad. Un desfibrilador no aparece de la nada. Detrás de ese aparato puede haber un hospital, una ambulancia o un centro de salud al que se le quitó una herramienta indispensable para salvar a alguien.

No es un objeto cualquiera.

Es parte de una cadena que mantiene personas con vida.

Todavía hay tiempo para hacer lo correcto.

Quien tenga esos elementos puede devolverlos, incluso de forma anónima.

No será un gesto menor.

Será la posibilidad de reparar, al menos en parte, un daño que afecta a toda una comunidad.

Porque un desfibrilador no es una máquina.

Es un corazón que puede volver a latir.

Es una madre que puede abrir nuevamente los ojos.

Es un padre que todavía puede decir «te quiero».

Es un hijo que puede volver a abrazar a sus padres.

Es un abuelo que todavía puede contar una historia más.

Es una familia que no tendrá que vestirse de luto.

Quienes trabajan cada día en el Hospital Anita Eliçagaray dedican su vida a luchar contra el tiempo para salvar la de otros.

Alguien, en apenas unos minutos, decidió quitarles parte de esas herramientas.

Hoy faltan equipos.

Pero lo que realmente falta es la conciencia de quien creyó que estaba robando metal, cables o plástico.

En realidad, quizás sin comprenderlo, se llevó algo mucho más grande: la posibilidad de que alguien siguiera viviendo.

Y no existe robo más cruel que ese.

Gracias a este medio por darme la posibilidad de decir lo que siento en lo mas profundo de mi corazón.

Related posts

Ulises Lasa y su homenaje a Danny Dekker

INVITACIÓN AL REZO DEL SANTO ROSARIO

Celebraron el Día de la Independencia con un emotivo encuentro entre generaciones