Entre sillones y promesas: la interna del PJ y la fe renovadora

La interna del Partido Justicialista en la provincia de Buenos Aires atraviesa uno de esos momentos en los que la política argentina parece decidida a superarse a sí misma. Después de meses de tensiones, reproches por lo bajo y armados paralelos, el sector que conduce Máximo Kirchner sorprendió al peronismo bonaerense con una propuesta tan audaz como tardía: ofrecerle la presidencia del PJ provincial nada menos que al gobernador Axel Kicillof, como si la mejor manera de cerrar una discusión fuera cambiarle el título al problema.

La jugada se presentó como un gesto de unidad, aunque llega después de un largo período en el que la relación entre La Cámpora y el kicillofismo estuvo marcada más por la desconfianza que por la coordinación. Durante meses, desde la Gobernación se deslizó la incomodidad con una conducción partidaria que no siempre acompañó la gestión, mientras que desde el kirchnerismo duro se cuestionó la falta de definición política del gobernador. En ese contexto, la propuesta suena menos a consenso trabajado y más a solución de emergencia.

El razonamiento es simple y, a la vez, curioso: si el problema era la distancia entre el partido y el gobierno, nada mejor que unificarlos en una sola persona. Así, quien hasta ayer era señalado como parte del conflicto pasaría a ser, casi por arte de magia, la síntesis superadora. Una lógica que confirma que en la política bonaerense no siempre se premia la coherencia, sino la conveniencia del calendario.

En el entorno de Kicillof la iniciativa fue recibida con cautela. No tanto por el cargo, sino por el momento y la forma. Mientras el gobernador intenta ordenar su propio armado territorial y alinear intendentes y ministros, la invitación aparece cuando los plazos para definir internas ya corren y los padrones se revisan con lupa. Traducido: la unidad siempre es bienvenida, salvo cuando viene con la advertencia implícita de que, si no se acepta, la culpa será del que dudó.

Para muchos dirigentes del interior bonaerense, la escena tiene gusto a repetición. Otra vez la discusión del PJ gira alrededor de nombres propios y equilibrios de poder, mientras los problemas de fondo quedan para más adelante. La novedad es que el ofrecimiento deja al gobernador en una posición incómoda: aceptar implica hacerse cargo de una estructura en conflicto; rechazarlo, quedar expuesto como el responsable de una interna que nadie dice querer, pero todos preparan.

En paralelo, reaparece otro debate que nunca se va del todo: la reelección indefinida. Ese noble ideal que, según sus defensores, no busca perpetuar dirigentes sino “respetar la voluntad popular”. Bajo esa lógica, el cargo deja de ser una función temporal y pasa a parecerse bastante a un alquiler vitalicio pagado en cuotas electorales. La alternancia se defiende en los discursos, pero se posterga en las leyes.

Para muchos intendentes, la idea de irse después de dos mandatos resulta casi antinatural. El municipio ya no es un distrito: es una extensión del cuerpo. Cambiar de jefe comunal sería tan traumático como mover el escritorio del despacho. Y siempre aparece el argumento infalible: nadie conoce el lugar como quien lo gobierna hace décadas. Lo que rara vez se menciona es que nadie más tuvo la oportunidad de conocerlo desde ese sillón.

Todo esto ocurre mientras la palabra “casta” circula como latiguillo cotidiano. Curiosamente, pocas cosas se le parecen tanto como un grupo de dirigentes discutiendo cómo quedarse un poco más, siempre en nombre de la democracia y nunca del interés propio. No se trata de perpetuarse, aclaran, sino de “dar continuidad”, “consolidar procesos” y “no frenar proyectos”.

Y en medio de ese escenario provincial, Gonzales Chaves observa y ensaya su propia versión del debate. Aquí, el Partido Justicialista parece encaminarse —según dicen— hacia un proceso de renovación. CREEMOS, con una fe que roza lo sobrenatural, que esta vez sí se convocará a los afiliados para formar parte de las listas y de las decisiones. CREEMOS, porque en política creer siempre es más sencillo que comprobar.

También CREEMOS que la intención es oxigenar, abrir ventanas y dejar entrar aire fresco, y que los destinos del PJ local no serán definidos por los mismos de siempre, en la misma mesa de siempre, con las mismas caras de siempre. Aunque solo estamos “no tan seguros” de que los elegidos no terminen moviéndose al ritmo de los hilos invisibles de algún titiritero que nunca aparece en la foto, pero siempre está en la función.

Según información que PODRÍA ser hipotéticamente cierta —y que dudamos, porque dudar es un sano ejercicio democrático— los convocados serían jóvenes y nuevos. Jóvenes de verdad, no jóvenes con décadas de militancia, ni nuevos con varios mandatos encima. Gente sin prontuario interno, sin viejas facturas y, si es posible, sin manual de obediencia bajo el brazo.

Por supuesto, CREEMOS que la renovación no se hará entre gallos y medianoche, ni en una reunión exprés, ni en llamados selectivos de último momento. CREEMOS que habrá una convocatoria abierta y pública, y no una invitación susurrada al oído de quienes, casualmente, siempre se enteran antes que el resto.

En definitiva, mientras en la provincia se discute poder, cargos y permanencias, en Gonzales Chaves el PJ tiene la oportunidad de demostrar que puede hacer algo distinto. Al menos eso creemos. Porque si algo enseñó la historia reciente es que, en política, la esperanza es lo último que se pierde… apenas un segundo antes que la ingenuidad.

Icaro.