Escritores Locales LA SONRISA DE DON JOSÉ Andres26/06/2026010 views Recordando hechos y situaciones de mi niñez, me vienen a la mente lugares mágicos de mi querido Gonzales Chaves. El primer sitio que nombro es el Cine Teatro Coliseo donde los domingos almorzaba de forma rápida para luego recorrer casi cinco cuadras e ir a matiné, donde me ubicaba al medio del medio de la sala creyendo que desde ahí se veía mejor y me sentía más seguro. También recuerdo el intervalo, el kiosco donde despachaban caramelos “Toffy”, bombón helado y maní con chocolate marca “Arrufat” además de los inolvidables cubanitos de dulce de leche en matiné. Era el encuentro con chicos de otras escuelas y amigos del fútbol y de la calle. La parada inevitable yendo al cine, era El kiosco del italiano o Los Mandarines, adonde nos surtíamos de pastillas de goma y otras golosinas de la época. Otro lugar que tenía su magia me quedaba muy cerca de casa, abría la puerta y allí estaba el gigantesco Club de Pelota, reunión infaltable de la barra del barrio y el hermoso recuerdo del Gurí Lombardi, de cómo nos enseñaron el respeto a ese de deporte maravilloso y también a la gente mayor. A cien metros del Club, sobre la misma manzana, se encontraba otro lugar que tenía un imán hacia mi corazón, la Escuela Nro. 1 que durante siete años me abrazó. El Club y la Escuela 1 fueron la cuna de la amistad, espacio de compartir, aprender y también las primeras travesuras. El recuerdo de maestras excelentes y las corridas con patinadas en la galería que a veces las flechas azules no alcanzaban a frenar y sí lo hacía la pared del baño. Otro lugar inolvidable a escasos doscientos metros de mi casa, sobre calle Moreno, era la calesita de Pili donde iba a la tarde cuando salía del Club. El desafío era sacar la sortija que Don Pili ponía en juego, moviendo su muñeca como si hiciera un dibujo en el aire. Muchas veces dejaba que la saquen los que iban siempre o los que sabía no podían volver a comprar otra ficha para la vuelta. No menos importante, fue la canchita de futbol el Huracán Viejo, en donde se jugaba al futbol, con la enorme habilidad de esquivar las bochas de Ricomagno en cada pelotazo, evitando los retos de los bochófilos…. Y finalmente a cincuenta metros llegaba a la casa de mi Abuela Rosa y doblando por la calle Mitre caminaba hasta la esquina donde estaba Casa Calbert, cruzaba la calle hasta la Zapatería La Fama y de ahí haciendo exactamente cuarenta y ocho pasos llegaba al Templo Sagrado: La Heladería Pusineri. Tenía una puerta de hierro y al entrar resaltaban los mosaicos blancos y negros, los sillones largos amurados a la pared con sus respectivos almohadones de cuerina marrón. Al levantar la vista se encontraba el mostrador con sus banquetas altas. Detrás del mismo los depósitos de helado que tenían una tapa redonda con bordes de goma negra, a la izquierda la máquina de hacer helado (raro aparato para mí que daba vueltas sin parar). Atrás contra la pared otro artefacto donde se sumergían los helados al revés y salían con un exquisito baño de chocolate. En la misma pared se encontraba la puerta de ingreso a la casa, al lado la estantería con los vasos y cucuruchos y la pizarra con los gustos de los helados, donde brillaba el limón al agua, mi preferido y único helado que podía comer por mi maldito asma, nunca volví a comer un helado de limón tan rico como ese ni esos maravillosos Sandwich helado que armaba José. Resalta en el lugar un cuadro con el dibujo de un cucurucho con la cara de Beto Pusineri y el escrito que decía: Para el amor la mujer, para la dicha el dinero, y para un buen helado Pusineri está primero. Lo más lindo de la heladería era que la atendían Emilia y Don José, que con su sonrisa iluminaba el lugar, irradiaba alegría, vida y picardía y cada vez que le pedías un helado, preguntaba…….frío o caliente? No sé si alguno coincidirá con mi relato, lo que sí estoy seguro que lo harán con la sonrisa de Don José. Toro Iroulart