El anciano que vive en mí y las señales que la tierra nos deja

(Adolfo Rubén Gorosito – septiembre de 2026) – Como suelo decir muchas veces, el anciano que vive en mí suele hablarme al oído. Me cuenta cosas que, a primera vista, pueden parecer triviales, pequeñas, sin demasiada importancia. Sin embargo, cuando uno se detiene a escucharlas, descubre que muchas de ellas invitan a reflexionar sobre el diario andar, sobre la vida cotidiana y sobre ese camino que todos transitamos casi sin detenernos a pensar.

Hoy, por ejemplo, vuelvo la mirada hacia las noticias que llegan desde distintos lugares del país y de Sudamérica. Terremotos, movimientos del suelo, inundaciones, incendios, emergencias de todo tipo, personas fallecidas, heridos y pérdidas materiales incalculables forman parte de una realidad que, aunque muchas veces ocurre lejos de nosotros, no debería resultarnos indiferente.

Es difícil no sentir desasosiego frente a semejante escenario. Detrás de cada número hay una vida, una familia, una historia, un hogar que quizás ya no volverá a ser el mismo. Son los llamados accidentes de la naturaleza, esos fenómenos que todavía no conseguimos comprender en toda su dimensión y frente a los cuales, muchas veces, nuestra capacidad de respuesta resulta insuficiente.

Tal vez todo esto sea también un llamado. Un llamado a la humanidad para que aprendamos a respetar más profundamente los fenómenos naturales, a cuidar el planeta y a comprender que no somos dueños absolutos de la tierra que habitamos.

Pero aquí aparece uno de nuestros mayores problemas: el ser humano tiene una memoria demasiado corta.

Ya lo hemos hablado en otras oportunidades. Cuando una tragedia sucede y nos toca de cerca, nos conmueve, nos moviliza y nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo mal. Pero cuando pasan los días, cuando las imágenes dejan de ocupar las primeras páginas y la noticia desaparece de los medios, poco a poco volvemos a nuestras costumbres de siempre.

Y así, una vez más, olvidamos.

Olvidamos que la naturaleza tiene sus propias reglas. Olvidamos que muchas de nuestras acciones dejan consecuencias. Olvidamos que aquello que hoy parece lejano mañana puede estar golpeando nuestra propia puerta.

Quizás haya llegado el momento de pensar de otra manera.

No se trata solamente de buscar culpables después de cada tragedia. Se trata de pensar juntos, de trabajar mancomunadamente y de intentar acercar soluciones, aunque sean pequeñas. Cuidar el medio ambiente, proteger nuestros recursos, respetar los espacios naturales, planificar mejor nuestras ciudades y aprender a convivir con los fenómenos que no podemos controlar también forman parte de nuestra responsabilidad.

Porque quizás no podamos evitar que la tierra tiemble, que el agua avance o que la naturaleza se manifieste con toda su fuerza. Pero sí podemos prepararnos mejor, prevenir, cuidar y, sobre todo, aprender.

El anciano que vive en mí vuelve entonces a hablarme al oído.

Y me recuerda algo muy sencillo: la tierra no necesita que la dominemos; necesita que aprendamos a respetarla.

Tal vez esa sea una de las grandes enseñanzas que nos dejan las tragedias que ocurren a nuestro alrededor. Y tal vez, también, sea una oportunidad para que la memoria del hombre deje de ser tan corta.

Porque si cada desastre nos conmueve solamente hasta que deja de ser noticia, entonces habremos aprendido muy poco.

IA Chaves Digital
¡Hola! Consulta sobre noticias publicadas, estamos trabajando para mejorar...